A finales de agosto, 71 refugiados murieron asfixiados en un camión abandonado en una autopista austríaca a pocos kilómetros de la frontera con Hungría. El caso destapó un tráfico escandaloso que conmocionó al mundo.
Tres semanas despues dél macabro descubrimiento, el Parlamento húngaro aprobó una resolución condenando a la UE por su irresponsabilidad en la gestión de la crisis migratoria.
Poco antes había dado luz verde a una nueva ley otorgando al fejército húngaro el derecho a disparar a los refugiados con balas de goma y granadas de gases lacrimógeno, es decir, con las llamadas armas no letales destinadas a la autodefensa.
Viktor Orbán, primer ministro de Hungría:
“Nuestras fronteras están bajo amenaza, al igual que nuestro modo de vida, que se basa en el respeto de las leyes. Hungría y Europa están bajo amenaza. Lo que está sucediendo ahora, es una invasión. De hecho, nos están invadiendo, sucede a diario, y los que están siendo invadidos no pueden acoger a esas personas”.